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Fútbol

07-09-2019

Siempre renaciendo

En medio de la revolución maradoniana en la ciudad, compartimos una reflexión enviada por nuestro colega tripero Matías Reyero.


Hubo un país en donde millones de pibes soñaron algo que iba a ser difícil conseguir. Un deseo cultural germinado ancestralmente, un deporte inglés apropiado por los inmigrantes. Con los años apareció uno de esos pibes con la diez en la espalda, mirando una cámara analógica y afirmando que su sueño era jugar un mundial. A veces para que una utopía se cumpla es necesario desconocer la existencia de esa palabra. Hubo un país en donde millones de nenes soñaron algo que no lograron. Y de repente una mañana apareció el pibe de cortos y rulos al viento. El resto es historia sabida.

El pibe de barrio con su sueño cumplido, la alegría, la fama, la mala yunta. Hoy, en la capital de la provincia de Buenos Aires, hay un club devastado, repleto de malas decisiones que lo llevaron a una nueva situación agobiante. Sin embargo, algunos previsores anuncian mayores desencantos que podrían llegar a ocurrir. Como si Gimnasia no estuviera en un pozo, como si no fueran al Bosque los fines de semana para corroborar que el descenso ya se iba consumando hasta en la mente de los más creyentes, para certificar un estado de ánimo evidente en el ambiente. Que el equipo no transmite, que ni siquiera hay orden, que ya estamos diez puntos debajo de los rivales más cercanos, que quizá descuidamos el largo plazo poniendo demasiadas energías en una Copa Argentina que nos dejó nuevamente en el umbral de la gloria.

Yo sólo puedo hablar desde mi experiencia. Desde que yo me apropié de Gimnasia el andar siempre estuvo rodeado de desencantos. Tantos, pero tantos, que los mecanismos psicológicos de defensa se activan ante cualquier tipo de posibilidad de éxito deportivo. ¿Acaso no estamos todos preparados? ¿Cuántas veces escuchamos el «siempre lo mismo con Gimnasia»? Pero entre los desencantos jamás dejó de ser una linda charla con los viejos, un encuentro con los amigos, un viaje de fin de semana, un abrazo recordado. Siempre fue alegría y padecimiento, energía y hartazgo, desencanto y reenamoramiento. Siempre fue un sueño inalterable que permaneció dando vueltas por la ciudad. Gimnasia tuvo mil maneras de caer y se inventó otras mil formas para levantarse.

Yo mismo atiné a ser un previsor. Cuando la noticia parecía caerse, dije que era lo mejor, que teníamos que buscar una solución de fondo. Era otro mecanismo de defensa. Creo que esta es, sin dudas, la mejor decisión que pudo haber tomado el club. Gimnasia estaba yéndose en silencio y se inventó una forma nueva. ¿A quién se le ocurre venir a arriesgarse en esta situación? ¿A quién se le ocurre llamar a Maradona? Por eso a los previsores sólo les pido un favor. Podremos charlar sobre la economía del club, los contras, en cómo volvimos a llegar a estas posiciones, en el enfoque institucional, en el desarrollo de las diferentes áreas de nuestro club social. Pero por favor, ahora miren a su alrededor. Gimnasia eligió a Maradona y Maradona eligió a Gimnasia. No existe mayor valor que el simbólico.

Sientan cómo los árboles del bosque florecen en invierno, observen como ciertos músculos de la boca malacostumbrados vuelven a utilizarse y generan una sonrisa que parecía lejana, como un encuentro con esas personas que no vemos hace mucho tiempo. Sientan cómo la inercia se convierte en otra cosa, como el viento sacude las hojas resecas y las hace volar. Y si aún con la fuerza de la imaginación no les alcanza, entonces esperen pacientes al 15 de septiembre. Y cuando salga el equipo a la cancha tómense el trabajo por unos segundos de no mirar hacia el terreno, ni a los jugadores, ni a Maradona. Simplemente miren a su alrededor. «¡La vida es una tómbola!», y el pueblo más desesperanzado del fútbol argentino está saliendo a la calle con el sueño del pibe como bandera.

Matías Reyero

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