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Fútbol

09-09-2019

Dios combina con azul y blanco

Siguen emergiendo relatos sobre la jornada histórica del domingo pasado, cuando el más grande de todos los tiempos aterrizó en el Juan Carmelo Zerillo. Gimnasia, Maradona y un flechazo eterno.

Sí, es él. Ese mismo. Creer o reventar, sueño y realidad conjugados en un mismo plano. De aquella boca de lobo salió, caminando ante millones de ojos, un pedazo de historia en carne viva. Y de repente las palabras me abandonaron por completo y la página, como nunca me pasó en la vida, se tornó infinita con su blancura. Algo que definitivamente no sucede por el hecho de carecer ideas, sino por el factor de que no hay pergamino que alcance ni pueda contener lo que hoy sintió el pueblo tripero. En el presente día, ese club apodado por sus milagros recibió a quien los realiza. Y no fue un mito o leyenda antigua que muchos reproducen en relatos cargados de misticismo, divulgados en la oralidad de las generaciones. Aterrizó sin escalas, en un vuelo directo del Cielo al Templo, el hombre que ha hecho lo inolvidable con solo una mano.

En ese aluvión extasiado, no puedo separar al pendejo que cree saber escribir, del hincha que derrama llanto ante semejante llegada. No dejo de mirar, con la piel nublada de emoción, aquellas imágenes que desbordan insomnio en cada rincón del planeta fútbol. Está vestido con los colores que amo, arengando a los jugadores que me representan, en el campo de juego donde elegiría morir más de una vez si eso se pudiera. Y todo adelante mío, ante mi gente, llorando por el cariño de nuestras voces que le dan la bienvenida. ¿Qué más se podría pedir? Ni en los más inimaginables sueños esto hubiera sido siquiera una posibilidad. El lejano anhelo de un abuelo, que fue contemporáneo de sus maravillas, hoy derrama lagrimas que se pasean por quien sabe cuántas mejillas sonrientes.

No obstante, por más que se intente, no se encuentra la manera precisa de procesar tales emociones. Esa necesidad de dejarlas plasmadas en algún sitio, se disuelve en el vapor del sueño cumplido. Estuvo en nuestro césped ese de las canciones, de los libros, de los murales, al que le hicieron monumentos por hacer parecer estatuas a muchos ingleses…ese nombre que en cualquier parte del mundo, y trascendiendo la barrera de los idiomas, es identificado como el mejor de los mejores. Lo viste ahí, tan humano y tan sencillo, cantando con vos, cantando conmigo, cantando con el pueblo tripero. Gritando con fervor esas oraciones que tantas veces pronunciamos, que tantas veces nos llenaron de alma el cuerpo. Pero… ¿Cómo será entonarlas de nuevo, al recordar que de su boca salieron las letras que mostraron al mundo hasta donde es posible olvidar? Porque hoy es innegable afirmar que nos olvidamos hasta de nosotros mismos. El Lobo se olvidó de los puntos, se olvidó del promedio, se olvidó de las horas de acampes y filas para poder estar presente este día. Se olvidó del universo que lo rodeó para hacer la fiesta más linda de todas. No le importó nada ni nadie más, de hecho no hubo quien se acuerde que el mundo giraba, tan pero tan aceleradamente, que transformó la ciudad de La Plata en aquella vieja y recordada Nápoles.

Es por ello que el 8 de septiembre tendrá un antes y un después en la historia de la institución que tanto amamos. Mostró para siempre, para el resto de la humanidad, esa marca registrada que representa lo que es y siempre será Gimnasia: en las buenas alentamos, ¿y en las malas? En las malas invocamos al Dios más importante que existe…y este se hace presente ante nosotros. Aparece regalándonos sus lágrimas, abrazándonos con alegría y poniéndole el pecho a nuestra lucha.

Sin dudas no será un día más, de esos que tachamos en el calendario y esperamos que simplemente se esfumen. Será una fecha que llevará bañada en tinta azul y blanca la memoria de quien sepa lo que es amar. En el club en que nació aquel que más sabía de corazones, dirigirá el hombre que más los llenó de sonrisas. Bienvenido Diego Armando, que la vida siempre te encuentre coreando nuestro nombre. No habrá éxtasis que iguale esa combinación de colores, que vos haces aún más hermosa e inmortal.

Agustín Avila Ruscitti

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