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05-07-2020

Otra carta más de amor

Un domingo más sin fútbol. Hoy, como cada día, los triperos mostramos nuestras ganas de ver al Lobo e imaginamos cómo será cuando todo vuelva a ser como era. Escribe Agustín Ávila Ruscitti.

¿Y si te digo que te extraño, que no puedo parar de pensar en vos? O peor aún, si te digo que te quiero mucho más que antes… ¿Me creerías? Probablemente pienses que exagero, que no es para tanto. Dirías que el dolor es temporal, que vamos a salir y todas esas mierdas budistas que ahora no tengo ganas de escuchar. Sin embargo, conmigo te estás equivocando, la distancia me está matando por dentro. Sé que es necesaria, pero la costumbre de tu perfume se quedó impregnada en mi ropa. Y de eso, perdoname que te diga, no se sale. Sólo hace que me cueste el doble el hecho de tenerte lejos. Pero los amores (los de verdad, como el nuestro) de eso algo entienden. Por tal motivo me levanto todos los días engañándome a mí mismo, ignorando aquel cajón en mi ropero. Ese especial, apartado del resto, con el que me disfrazo de gala cada vez que voy a verte.

Ahora los domingos representan un vacío difícil de llenar, casi intolerable. La miro a mi esposa, a mis hijos y finjo que no me pasa nada, que estoy entero. En el fondo ellos saben muy bien que solo simulo mi sonrisa. Algo que hacemos las personas mayores para sostener la endereza del hogar en momentos de dificultad. Aun así ya sospechan, saben que algo anda mal, pero evitan preguntarme. ¿Viste como son las cosas? Ni con la mejor cara podes disimular cuando lo que pesa está en el alma y no en el cuerpo. Encima prendés la tele y las noticias son peores, el mundo se está cayendo a pedazos con cada paso que damos. Cosa que me hace pensar en todo lo que estoy dramatizando con lo que me pasa con vos. Sí, es verdad, sé que lo hago y soy muy consciente de ello, ¿pero quién carajo entiende de amor? Es más, nadie podría entenderlo por mucho que quisiera. Y menos este entre vos y yo. Lo nuestro es especial, lo nuestro es otra cosa, no hay nadie como nosotros. Por supuesto que es una opinión muy subjetiva, que no puedo juzgar a los demás y ponerme a comparar, porque en el amor no existen las comparaciones. De todas formas, te pido que prestes atención a cómo nos miramos. A cómo nos damos la mano cuando caminamos juntos. Sabés muy bien lo que cuesta, el esfuerzo que hay que hacer todos los días para lograr eso.

Ni hablemos de las veces que hemos viajado para encontrarnos, escapando de las responsabilidades, conociendo de antemano que era más lo que íbamos a estar en la ruta que lo que nos íbamos a ver. Y fuimos igual, no nos importó. Hicimos oídos sordos al “qué dirán”, a esa ajenidad que no comprende. Esos que nos envidian, aunque les cueste trabajo admitirlo. Yo sé que en el fondo nos miran y les hierve la sangre. Ver semejante condescendencia es lo peor que les puede pasar; no lo toleran, no pueden hacerlo. Incluso cuando estamos en las malas y nos ven sonriendo. Ahí se ponen celosos, no pueden creer cómo puede salir algo tan puro cuando peor la estamos pasando (yo me río ¡Já! pobres ilusos). Se mienten a sí mismos pensando que nosotros engañamos a nuestro corazón. Que nos escabullimos en el sentimentalismo para no ver la triste realidad. Si tan solo pudieran imaginar, por un segundo, lo que es estar con vos. Se tragarían al instante sus palabras.

En definitiva, como te digo, escribo esto para desahogarme. No encuentro otra manera de expresarlo. Tengo muchas ganas de estar ahí. De escaparme antes del trabajo, de vivir a las corridas cuando nos toca un día de semana. O de llegar tarde a un cumpleaños, una cena, o una reunión, bajo la mirada sospechosa de la familia, que cree saber lo que hice y se indigna. Igual no te preocupes que lo disimulo muy bien, en serio, nadie se termina enterando de nada. Ahora que lo pienso bien no te extraño solo a vos, sino a todo eso que conlleva estar al lado tuyo. Esa adrenalina que me das con tu música, tus olores, tu voz inmortal. Me tranquilizo recordando eso, sabiendo que tarde o temprano nos vamos a volver a encontrar. Que cada día falta menos para volver a abrazarte, como lo hacemos siempre. Esta vez cuando pase te juro que no te suelto jamás, en serio. Mato esa ansiedad mirando en secreto algún video, escondido, ahogando algún que otro grito. También de vez en cuando voy a ese cajón que te dije. Sí, sé que afirmé que lo ignoraba. No obstante es mentira, no puedo evitarlo por mucho tiempo, sencillamente no me sale. Está lleno de recuerdos, de fotos, de tu piel. Las lágrimas de alegría y tristeza que de una manera u otra derramé por vos están encerradas en esa cosa de madera, que a diferencia de mi corazón, sí sabe como cerrarse y olvidar todo lo que contiene.

Ya volveré a guardar más cosas tuyas, lo sé. Creo que vos también. Que la distancia no te haga olvidarlo, prométeme eso no más.

Te extraño Bosque querido y seguro que vos también. Hasta la vuelta.

Agustín Ávila Ruscitti

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