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23-05-2021

De tractores y boinas

Imperdible y emocionante relato que nos llega al alma.

El violeta se iba escurriendo por las copas de los árboles, derritiendo poco a poco el aire de la mañana. Pensó en todo el trabajo que tenía por delante, en la cantidad de responsabilidades que tenía que cumplir durante el día. Debía volver al Estudio a la tarde por unos trámites pendientes, pero además quería cortar el pasto en las canchas auxiliares, tarea que llevaba más tiempo de lo que realmente parecía. Muchos lo hubieran encontrado como algo tedioso, sobre todo si no estaba dentro de sus obligaciones. Lo que no entendían era que lo hacía por placer, ya que gracias a ello tenía la oportunidad de sumergirse en sus pensamientos. Pocos son los deberes que nos permiten estar con nosotros mismos, que nos permiten liberar la mente mientras el cuerpo trabaja como si no nos perteneciera. Aun así el frío era intenso, y las manos aferradas a ese pote con yerba parecían recargarle el espíritu. Era como un golpe al pecho, de esos que esperan en fila para salir del túnel.

Al acabarse el agua, rompió con sus pasos la lámina con la que el rocío había cubierto todo. Sacó las herramientas que necesitaba y llamativamente no encontró lo más importante. Tenía que estar ahí, no había forma de que estuviera en algún otro sitio. Siempre lo guardaba en ese sector, nadie lo usaba sin su supervisión. Tratando de tranquilizarse, y así aclarar la situación, respiró profundo e hizo algo de memoria. Sabía que él era el único que estaba en ese momento en toda Estancia Chica, lo que no quitaba que, por un simple error, alguno de los empleados lo hubiera movido de lugar los días anteriores. Por ese motivo se empeñó en buscar y no pensar lo peor en la primera de cambio. Caminó lo más rápido que pudo, sabiendo que la situación no era la mejor, pero percibiendo en el ambiente una serenidad fuera de contexto. De repente, la atenta mirada que se iba perdiendo en la inmensidad de Abasto tropezó con un sonido más que familiar. El motorcito que tanto había vibrado bajo su tutela estaba funcionando a unos metros de distancia. Tan asustado como intrigado, se dispuso a seguir cuidadosamente el ruido. Sin embargo, ese intento de sigilo se esfumó en un instante cuando sus ojos chocaron con el alambrado. El tractor rojo se había escapado por sí mismo y se desplazaba con total impunidad por la cancha número dos. Los movimientos eran casi perfectos, respetando a rajatabla las líneas pintadas. El volante parecía girarse con una libertad calculada, mientras el olor a pasto recién cortado le inundaba las fosas nasales. La situación lo sobrepasó, no podía creer lo que veía. Alguien lo estaba manejando, ese suceso estaba ocurriendo, no había dudas. Tembló. Su cuerpo permaneció rígido. De pronto, sin explicación alguna, se calmó. Bajo el rayo de sol que iba inundando su espalda se sintió protegido. Percibió que podía quedarse horas con total y absoluta placidez, con la certeza de que nada podía lastimarlo. Esta presencia era tan loable que sintió que ya la conocía, que ya había estado antes con ella. Por esto se venció ante la incredulidad de sus pupilas y no hizo más que sentarse a contemplar la escena. Ese traqueteo, ese andar, esa pausa…, ya los había visto. Estaba seguro, y hubiera jurado por su sangre, que el Viejo estaba ahí. Lo apostaba ciegamente, jugándose toda la plata de su billetera de ser necesario. La sonrisa un poco se le dobló y una lágrima se escapó por las mejillas, bordeando el mentón plateado por los años. No pudo evitar, ni siquiera por un minuto, recordar lo que había vivido a su lado. Toda una existencia de anécdotas, de risas, de esperanzas y sobre todo de aprendizajes. Lo que sabía de fútbol y de la vida no se lo debía a nadie más que a él. De hecho, tenía la sensación de haber aprendido mucho más sobre lo segundo estando bajo su tutela. El pensamiento lo llevaba a esa época en que su cabeza se abría indefectiblemente a esas enseñanzas con cadencia cordobesa. Donde sus piernas manejaban la pelota al compás de una orquesta que tocaba sola. No había nada que no se encontrara en sintonía. Lo único que había que hacer era escuchar con atención y seguir la melodía. El resto ya era historia pura.

Las ruedas pasaron cerca, salpicando con verde sus cordones desparramados. Sus manos procedieron a atarlos, y de repente se vio arrodillado en el lateral de algún campo de juego. El chiflido del árbitro había finalizado el partido, la transpiración le bajaba por la frente y las piernas acalambradas lo devolvían a su posición. Buscaba la aprobación de alguno de sus compañeros, una señal que le compartiera la felicidad que tenía en ese momento. Hubo abrazos sudorosos, melenas agitadas por alguna que otra palmada en la nuca y la certeza de que esto no terminaba con el resultado del marcador. Al día siguiente, en el mismo lugar en que ahora estaba tirado, habría una nueva práctica poniendo el foco en los puntos débiles. Lo que no salía como se había ensayado se repetía hasta que sí lo hiciera, no importaba si era un saque de arco o un lateral mal hecho. Por más que pareciera irritante fijarse en cada detalle, esa partecita marcaba ampliamente la diferencia. Recordó las casi incontables pasadas que exigía, y ni hablar de las tardes pateando un buzo. Timo se preocupaba porque era demasiado zurdo, le decía que tenía que ensayar también la pegada con la pierna menos hábil. Por ese motivo colocaba dicha prenda sobre un palo y le pedía que apuntara justo allí. Era un ejercicio que no le gustaba, le resultaba frustrante en cierto punto. Aun así, cuando la transferencia soñada se dio, se acordó de esos rebuznos cabizbajos. Le terminó agradeciendo, al punto de que lo practicaba sin que nadie se lo pidiera y hasta en la intimidad de su hogar. Los europeos lo miraban raro, creían que era una costumbre propia del fútbol del otro lado del mundo. Al principio les causaba simpatía esa simplicidad, habiendo tanta variedad de entrenamientos. Pero al segundo que los desafiaba no podían evitar no caer en esa pequeña trampa, dejándole en bandeja el asado del fin de semana. De estas cosas le contaba mucho, dado que cada tanto le escribía relatándole de sus aventuras y recordándole las fechas en que iría a visitar a su familia. En esos viajes que siempre tardaban en llegar no había forma de que no se hiciera un tiempo para él. No le gustaban los regalos caros, de hecho los rechazaba todos. Le preocupaba más saber en qué había invertido, si por ejemplo había terminado de comprar la casa de sus padres. Con ellos tenía una excelente relación, charlaban horas en esas reuniones en donde se juntaban a hablar de las calificaciones en los boletines. Afortunadamente nunca tuvo problemas en ese aspecto, sabía escuchar lo que le decían y equilibrar entre el cuero y el libro. Por esta razón las preguntas que proseguían en sus reencuentros tenían que ver con su vida académica. Había empezado a estudiar para ser contador público en La Plata y por su mudanza al Viejo Continente había dejado de lado esta faceta. Carlos se enojaba tanto al escuchar que todavía no había retomado el estudio, que le prohibió programar otra travesía hasta que tuviera el título en la mano. Él sabía que esas palabras eran prácticamente santas, que era en lo absoluto capaz de cumplir lo que acababa de enunciar. Con una mezcla de trámites, permisos y mucho sudor burocrático logró llevarle ese tan ansiado pedazo de papel. A modo de obsequio le entregó un cuaderno con una bonita pluma y le dijo: “Ahora toca el de técnico”. Apenas lo abrió, reconoció su antigua caligrafía. Líneas, garabatos que pretendían ser jugadores, algún dibujo burlón de un excompañero. Los rastros de un viejo yo, uno que en el vestuario no se quería perder nada de lo que se dijera. Siempre lo llevaba en el bolso, todo aplastado por botines y canilleras. Más allá de que parecía algo roto, las hojas se habían conservado lo suficientemente bien. El pequeño librito todavía permanecía en un cajón de su casa, esperando llenarse.

El mediodía lo había abandonado hacía ya bastantes horas, al igual que el ruido de aquella máquina. Por delante de él continuaban fluyendo recuerdos, cayendo como cascadas por sus ojos. Nunca se movió de esa posición. Se quedó sereno un rato más, proyectando ese vacío que sentía sobre el límite del cielo. Se olvidó de volver al trabajo, poco o nada le importó. El frío sobre el que se acercaba la noche fue lo único que lo obligó a moverse. Al ponerse de pie se sacudió el pasto de sus pantalones y se decidió a entrar. De nuevo algo lo detuvo ante el alambrado, haciéndolo desaparecer por unos instantes del paraje. Volvió con un buzo y una pelota para colocarla en el palo de un arco. Mientras su aliento se volvía una estela en el aire, su rodilla reactivaba su memoria. Estaba seguro de que algo de calidad le quedaba, aunque el ejercicio se había tornado aun más dificultoso que antes. Tras un par de disparos sintió que la nostalgia se apoyaba en sus hombros. Ya era demasiado tarde, pero se prometió regresar al día siguiente y llevar a sus hijos con él. Ahora sí, con la oscuridad presentándose, debía guardar el tractor. Al girar el volante se percató no solo de que no tenía más combustible, sino de que además estaba pisando algo. Moviendo un poco las ruedas encontró, intacta, una prenda de vestir. No podía ver claramente el color, ya casi no quedaba luz. Se rió mirando el cielo y se la colocó. Sintió como si alguien lo estuviera abrazando, como si le estuvieran abrigando el alma. Puso la vista en las prominentes estrellas que acariciaban el lienzo. Estas mismas acompañaron sus pasos hasta su añejo 504. El auto mantenía su vigencia a pesar de los años y le recordaba las épocas donde tenía que esconderlo. Otra vez, una risa lo sorprendió por un costado.

La lámpara de su escritorio permaneció prendida toda la noche. Ese naranja templado lo acompañó un buen rato. El cuaderno estaba donde debía estar, no así el bolígrafo. Lo repasó de principio a fin, había anotaciones realmente muy llamativas. De repente se acordó de que no había ordenado nada de la cancha auxiliar y se tomó la cabeza por unos segundos. Llegó a una página en blanco y comenzó a escribir.

Se durmió con la boina puesta y el cuerpo sobre la tapa azul y blanca.

Agustín Ávila Ruscitti


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