Renzo Giampaoli hizo un partido para enmarcar en un cuadrito, pero falló en la jugada más importante. Barrió a destiempo y dio lugar a la subida de Cetré y el posterior gol de Palacios. Fue la única llegada nítida de gol de Estudiantes en el Bosque.
Estos partidos se definen por detalles, y así fue. Gimnasia, con sus armas, hizo todo lo que estuvo a su alcance para lastimar al rival en el clásico. La bocha que debía entrar fue la de Panaro, con desvío y tapadón de Muslera. No pudo ser.
En general fue un partido de trámite parejo, donde la visita impuso su jerarquía en pequeños tramos. Esa famosa jerarquía de la que siempre se habla y que el Lobo debe buscar de ahora en más. No hay otra forma de empezar a equilibrar la balanza.
35 mil triperos y triperas le pusieron toda la fiesta a las tribunas y aplaudieron al equipo de Fernando Zaniratto. La hinchada entendió y valoró el esfuerzo, ese sprint final de cinco victorias y la ilusión sembrada hasta el último suspiro.
¿Qué queda? Es duro y parece una frase trillada, pero es así: dar vuelta la página y pensar en 2026. Dotar al equipo de jerarquía, mechar con juveniles y volver a ser competitivos. Tachar a los jugadores que no sirven y poner fin a los negociados. Gimnasia tiene la misión de aparecer en escena todos los años y dejar atrás las peleas por el descenso.
Este clásico debe ser un nuevo punto de partida, sí o sí. Gimnasia es un club inmenso y va a resurgir, pese a quien le pese. Trabajo y trabajo. Una vez más, el Lobo tiene la oportunidad de construir y crecer. Depende de sí mismo.