Varios
06/10/2011
EL CLUB QUE QUIERO SER
En un momento clave para pensar en el modelo de Club que queremos, una nota con estilo único de <b>Carlos Vázquez</b>.
Afuera, el verde de la primavera casi no puede advertirse.
La tormenta tapa todo con su gris y el bosque se sume en la oscuridad de las típicas mañanas de trabajo. Tengo la ventaja de que mi ventana da a la cancha del Lobo. Buscó entonces un poco de verde esperanza. Pero llueve.
El problema, igual, no está afuera; es de adentro. Y con melancolía pienso en el Club que quiero ser. Lo pienso en Twitter, ermitaño espacio en el que puedo hablar en soledad y, no obstante, ser oído.
En un dueto con mis cabildeos, Kevin Johansen canta y se pregunta en su ventana “¿qué hacer con tanta angustia por cosas no resueltas? ¿Con toda esta energía? Casi siempre me cuesta”. Y, como Kevin, descubro que anoche soñé contigo.
Como en todo sueño hay una base de realidad, algo en ese Club que quiero (¿queremos?) ser me produce nostalgia. Y es que en el Club que quiero ser las galerías están llenas de socios, hinchas y dirigentes que entienden que criticar no es sinónimo de "derrocar", sino de intentar construir algo mejor. Tanto, que en el Club que quiero ser no hay lugar para patotas y el discurso de barricada no tiene margen para propagarse ante el primer escollo.
Tal vez la infancia arrabalera, o quizá el sentir tanguero, pero algo me evoca la imagen de un club que existió. Recuerdo que aquel, como el Club que quiero ser, no sacaba ni ponía a los Técnicos con piruetas tribuneras. Allí los contratos eran en base a un proyecto deportivo y contaban con claúsulas deportivas muy alejadas del resultadismo que tanto blandieron los otros. Y es que en el Club que quiero ser se apuesta a los proyectos, se les imprime carácter institucional a todas las disciplinas deportivas como históricamente hizo el Básquet y Voley
En el Club que quiero ser nadie sale corriendo al grito de "qué vuelvan las viejas glorias". Por el contrario, todos se ponen a laburar para encontrar, consolidar y perpetuar a nuevos talentos. Para ello, el Club que quiero ser fomenta actividades infantiles y advierte en los niños a los garantes del futuro institucional. Al mismo tiempo, acaricia a los vitalicios y se reconstruye sobre su propia historia, la pone en valor y abre las puertas de su orgullo hecho museo al público en general.
Está claro que el Club que quiero ser apuesta a sus socios. Fomenta actividades deportivas y sociales de integración. Tiene bibliotecas llenas, especializadas y variadas, en las que las generaciones se reúnen a estudiar y compartir. Organiza ciclos de cine y eventos familiares.
El club que quiero ser comunica en forma cotidiana su vida institucional. Y lo hace en primera persona, no a través de los medios de comunicación de turno, cuyos intereses pueden interferir o dañar la institución con mezquinos intereses.
En ese Club que quiero ser hay una clase dirigente que privilegia el bienestar del club por sobre los intereses personales y sectoriales. Allí no se aprueban balances a libro cerrado, sino que se llevan adelante controles estatutarios y cotidianos del presupuesto anual y sus ítems, y así se ajustan los problemas a medida que van surgiendo.
La interacción con la masa societaria, en el Club que quiero ser, es cotidiana. Se entiende que ese es el único modo para escuchar propuestas, proyectos, ideas... para luego sí pensar en ellas, analizarlas, y sólo si son viables llevarlas a cabo.
Pero afuera llueve. Y Kevin me dice desde la ventana “qué lindo que es soñar. Soñar no cuesta nada. Soñar y nada mas... con los ojos abiertos”. Creo igual que hay tiempo para construir el Club que quiero ser. Sólo hay que buscar el requicio propicio... e intentarlo.
Carlos Vázquez
La tormenta tapa todo con su gris y el bosque se sume en la oscuridad de las típicas mañanas de trabajo. Tengo la ventaja de que mi ventana da a la cancha del Lobo. Buscó entonces un poco de verde esperanza. Pero llueve.
El problema, igual, no está afuera; es de adentro. Y con melancolía pienso en el Club que quiero ser. Lo pienso en Twitter, ermitaño espacio en el que puedo hablar en soledad y, no obstante, ser oído.
En un dueto con mis cabildeos, Kevin Johansen canta y se pregunta en su ventana “¿qué hacer con tanta angustia por cosas no resueltas? ¿Con toda esta energía? Casi siempre me cuesta”. Y, como Kevin, descubro que anoche soñé contigo.
Como en todo sueño hay una base de realidad, algo en ese Club que quiero (¿queremos?) ser me produce nostalgia. Y es que en el Club que quiero ser las galerías están llenas de socios, hinchas y dirigentes que entienden que criticar no es sinónimo de "derrocar", sino de intentar construir algo mejor. Tanto, que en el Club que quiero ser no hay lugar para patotas y el discurso de barricada no tiene margen para propagarse ante el primer escollo.
Tal vez la infancia arrabalera, o quizá el sentir tanguero, pero algo me evoca la imagen de un club que existió. Recuerdo que aquel, como el Club que quiero ser, no sacaba ni ponía a los Técnicos con piruetas tribuneras. Allí los contratos eran en base a un proyecto deportivo y contaban con claúsulas deportivas muy alejadas del resultadismo que tanto blandieron los otros. Y es que en el Club que quiero ser se apuesta a los proyectos, se les imprime carácter institucional a todas las disciplinas deportivas como históricamente hizo el Básquet y Voley
En el Club que quiero ser nadie sale corriendo al grito de "qué vuelvan las viejas glorias". Por el contrario, todos se ponen a laburar para encontrar, consolidar y perpetuar a nuevos talentos. Para ello, el Club que quiero ser fomenta actividades infantiles y advierte en los niños a los garantes del futuro institucional. Al mismo tiempo, acaricia a los vitalicios y se reconstruye sobre su propia historia, la pone en valor y abre las puertas de su orgullo hecho museo al público en general.
Está claro que el Club que quiero ser apuesta a sus socios. Fomenta actividades deportivas y sociales de integración. Tiene bibliotecas llenas, especializadas y variadas, en las que las generaciones se reúnen a estudiar y compartir. Organiza ciclos de cine y eventos familiares.
El club que quiero ser comunica en forma cotidiana su vida institucional. Y lo hace en primera persona, no a través de los medios de comunicación de turno, cuyos intereses pueden interferir o dañar la institución con mezquinos intereses.
En ese Club que quiero ser hay una clase dirigente que privilegia el bienestar del club por sobre los intereses personales y sectoriales. Allí no se aprueban balances a libro cerrado, sino que se llevan adelante controles estatutarios y cotidianos del presupuesto anual y sus ítems, y así se ajustan los problemas a medida que van surgiendo.
La interacción con la masa societaria, en el Club que quiero ser, es cotidiana. Se entiende que ese es el único modo para escuchar propuestas, proyectos, ideas... para luego sí pensar en ellas, analizarlas, y sólo si son viables llevarlas a cabo.
Pero afuera llueve. Y Kevin me dice desde la ventana “qué lindo que es soñar. Soñar no cuesta nada. Soñar y nada mas... con los ojos abiertos”. Creo igual que hay tiempo para construir el Club que quiero ser. Sólo hay que buscar el requicio propicio... e intentarlo.
Carlos Vázquez